por Zeuxis Vargas
El pozo, de Juan Carlos Onetti,
se remite a uno de los primeros ejercicios de escritura de experimentación
latinoamericana respecto a la brevedad y la capacidad de la literatura por
evidenciar la decadencia del ser humano. Señalar que la novela establece una
fractura entre uno y otro aspecto de lo que es escribir es un rasgo definitivo
que hace que El Pozo sea estudiada
como una novela de vanguardia, con la cual se puede trazar una imagen más o
menos coherente de la evolución de lo que algunos denominan como novela
moderna.
De igual manera, se puede
comentar que El Pozo es una de las primeras novelas que es posible observarla
como el resultado exitoso de la conglomeración de todos los movimientos en boga
que estaban generando nuevas estructuras narrativas en el mundo. Por una parte,
encontramos a un personaje que a través del monólogo interior va trazando una
teodicea existencial que deviene de una reflexión escandalosa y, a la vez,
radical, que hace énfasis no tanto en el pasar de los años sino en la
dificultad de darle un sentido al tiempo.
El personaje principal y único
(los demás sólo son espejismos que van apareciéndose para fortalecer y dar
credibilidad al destino del hombre), vive para darle sentido al tiempo, a ese
tiempo aniquilador, que se subdivide a su vez en tiempo onírico, memorístico y
físico y que es uno de los recursos más investigados por los escritores de
principios del siglo XX. Proust y Faulkner, Woolf y Joyce, divergen de forma
subterránea, son las arterias que llevan de aquí para allá y hacia el fondo a
ese cuarentón que, hastiado de la vida, un día cualquiera, le da por conseguir
un pretexto; algo que sea salvable de ese naufragio.
De hecho, el argumento que
engancha como justificación de sentido es una evidencia transparente de una
vida sin mayores experiencias e impactos. Cuando el protagonista decide que la
aventura de la cabaña de los troncos, ese intento juvenil de expresión, de
repudio y humillación por una familiar sólo refuerza la intrascendencia de una
vida entera que no evoluciona sino para el remordimiento, es cuando se produce
la verdadera caída en el pozo.
En el fondo de cada sueño
sobrenada el mordisco de esa elaborada venganza que lo traiciona y que se
convierte en su penitencia. De ahí que los sueños por más elaborados que sean y
que contengan referencias literarias terminan atormentado al soñador. A sí
mismo, se puede observar como su vida está anclada a una caída aterradora hacia
ese abismo real que es su desventura.
La prostituta, el poeta y el
obrero sólo son las evidencias, los dedos señaladores de ese ser perdido. Son
los otros, quiénes con mayor crudeza, dan cuenta de esa vida echada a perder.
El pozo, entonces, se abisma y converge hacia una sola cloaca de certidumbre.
Onetti logra este viaje sin
permitirse utilizar la palabra “pozo” ni una sola vez en toda su novela. Somos
nosotros, los lectores, quienes, vamos concediendo todo el peso y la
profundidad que tendrá ese abismo.
Un día con sus horas ancladas al
palimpsesto y al humo, de pronto se va convirtiendo en un algo sin fondo que se
dilata y se hunde. Dicho en forma breve, el tiempo reflexivo, ese tiempo
narrado es la materia de que está hecho el pozo.
Generalmente un pozo es algo
donde se descubre algo, se excava con una finalidad de hallar algo. Por consiguiente,
Eladio Linacero es el balde que cae, la sonda que se entierra.
El final lo confirma sin lugar a
dudas, Eladio flota en las aguas de la noche: el cuerpo muerto, evidencia que
ese ejercicio de confesión por asirse a algo, es sólo la clara demostración de
una derrota. La vida continua, pero para Eladio, lo atroz, consiste en que ya
no habrá más, siquiera, el sueño, que ni el sueño podrá venir a él en su ayuda.
Quizás y para poder concluir, más
allá de estos detalles geniales que introduce herméticamente Onetti, está el hecho
de la escritura misma: sintaxis original que establece una voz sarcástica y
soberbia y que hace que Onetti sea ese monstruo de la crudeza y el pesimismo
mordaz.